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Portada de «La vida que alguien eligió por mí», de Miriam Vieco Muñoz

La vida por dentro · Libro 1

La vida que alguien eligió por mí

Hay vidas que parecen nuestras, hasta que descubrimos quién las decidió

  • SerieIdentidad, autoestima y autoconocimiento
  • FormatosTapa blanda · Tapa dura · Kindle
  • Páginas357

Also available in English: The Life Someone Else Chose for Me

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«Si estás leyendo esto y vives una vida que no te gusta, es que ella ganó».

Para quién es

Este libro es para ti si…

  • Alguna vez has sentido que vivías una vida que no era del todo tuya.
  • Te gustan las novelas que atrapan como un misterio y te dejan pensando.
  • Quieres trabajar tu identidad y tu autoestima sin leer un manual de autoayuda.
  • Buscas una historia para comentar en tu club de lectura.

Sinopsis

Elena Soler tiene cuarenta y dos años, un marido bueno, una hija adolescente y una casa pintada con siete tonos de blanco. Una vida sin grietas. Hasta que su antiguo profesor de Literatura le entrega una carta que ella misma escribió a los diecisiete años para una cápsula del tiempo.

No recuerda haberla escrito. Tampoco recuerda qué ocurrió el verano de 2001 en el lago de Sanabria, la noche en que su mejor amiga, Irene, no volvió del agua.

Siguiendo el rastro de esa letra desconocida, Elena tendrá que levantar, capa a capa, el blanco con el que alguien cubrió su vida: los silencios de su madre, un amor que se quedó esperando, un secreto familiar enterrado en una playa de Cullera. Y descubrir, por fin, quién eligió por ella.

La vida que alguien eligió por mí es una novela psicológica intensa y profundamente humana sobre la identidad, la autoestima y el valor de mirarse por dentro. Una historia que atrapa desde la primera página, emociona sin artificios y deja una pregunta que te acompañará mucho después de cerrarla.

Y es, también, un camino para ti: al final de cada capítulo, una «Pausa para ti» con una pregunta para mirarte; y, al cerrar la novela, «Debajo del blanco», un cuaderno con treinta y dos ejercicios y espacio para escribir para recuperar tu identidad, tu autoestima y tu propia voz.

Lee gratis el comienzo

La vida que alguien eligió por mí

Antes de empezar

Esta es la historia de cómo descubrí quién había elegido mi vida. La cuento tal como pasó, con sus giros y sus silencios, porque así es como se descubren las cosas importantes: tarde y a trozos.

Pero no quiero que la leas solo desde fuera, como quien mira una casa iluminada desde la acera. Un médico muy sabio me pidió un día que llevara un cuaderno y que apuntara en él lo que iba encontrando debajo del blanco. Lo hice. Al final de cada capítulo encontrarás una pausa para ti: unas líneas sobre lo que acabas de leer, una pregunta y una frase de aquel cuaderno.

Y al terminar el libro te espera tu propio cuaderno, con un ejercicio por cada capítulo y sitio para escribir. Puedes hacerlos mientras lees o cuando acabes la historia, como prefieras.

No hace falta que contestes nada. Pero ten un lápiz cerca. Por si acaso.

Capítulo 1

La letra de una desconocida

A veces, la persona que menos reconocemos es la que fuimos.

Lago de Sanabria, agosto de 2001

El agua estaba tan quieta que parecía que alguien la hubiera planchado. Irene se reía con los pies colgando del embarcadero y yo pensaba que nunca, en toda mi vida, iba a volver a ser tan feliz. Lo pensé así, con esas palabras. Tenía diecisiete años y no sabía que algunas frases son profecías.

Hay una forma de mentir que no necesita palabras. Consiste en sonreír a tiempo, en decir «qué bien» cuando alguien te enseña una foto, en elegir el vestido correcto y en volver a casa a la hora prevista. Yo llevaba veinticinco años perfeccionándola y la hacía tan bien que hasta yo me la creía.

Seguir leyendo

Aquel jueves de octubre estaba midiendo la pared de un salón en Ruzafa cuando sonó el teléfono. La clienta, una mujer joven que quería «algo nórdico pero con alma», me miraba desde el sofá con su taza de té. Yo sostenía el metro con una mano y con la otra apunté la medida en la libreta: trescientos cuarenta y dos centímetros. El número de siempre. Todas las paredes de mi vida medían más o menos lo mismo.

No reconocí el número, así que lo dejé sonar. Volvió a llamar. A la tercera vez, la clienta levantó las cejas con esa mezcla de curiosidad y fastidio que tienen las personas que pagan por horas.

—Perdona —le dije—. Será un momento.

Salí al rellano. La escalera olía a lejía y a guiso de otra casa.

—¿Elena Soler? —preguntó una voz de hombre, mayor, con un tono de aula que reconocí antes que la voz—. Soy Julián Benet. No sé si te acuerdas de mí.

Me acordaba. Don Julián, profesor de Literatura en el Instituto Sorolla. Gafas de pasta, chaqueta de pana en pleno junio y una manera de leer a Machado en voz alta que hacía callar incluso a los del fondo. Me acordaba de él como se recuerda una fotografía: con nitidez, pero sin poder entrar en ella.

—Claro que sí, don Julián. Qué sorpresa.

—Te llamo por la cápsula —dijo, como si yo tuviera que saber de qué me hablaba.

Hubo un silencio. Él lo interpretó correctamente.

—La cápsula del tiempo, Elena. La que enterramos en el patio con la promoción de 2001. Dijimos que la abriríamos a los veinticinco años. Pues ya han pasado. El instituto ha organizado un acto este sábado, a las doce, en el gimnasio. Estoy intentando localizaros a todos. Me ha costado encontrarte, ¿sabes? Te has cambiado de todo.

Lo dijo sin intención, pero la frase se me quedó dentro, como una piedra pequeña en el zapato.

—No sé si podré —contesté—. Los sábados suelo…

—Hay una carta tuya —me interrumpió—. Cada alumno escribió una carta a su yo del futuro. La tuya está ahí. Si no vienes, se la llevará el instituto al archivo y la verdad es que me daría pena. Fuiste la última en entregarla.

—¿La última?

—Ya hablaremos el sábado —dijo, y en su voz noté algo que no supe nombrar. Tal vez prudencia. Tal vez lástima—. Me alegra mucho oírte, Elena. De verdad.

Colgó antes de que pudiera decirle que no.

Volví al salón. La clienta me preguntó si todo iba bien y le dije que sí, que era del colegio de mi hija. Mentí sin pensarlo, por costumbre.

La clienta volvió a explicarme lo que quería. Madera clara, lino, alguna planta grande, «pero que no parezca un catálogo, ¿sabes?, que se note que aquí vive alguien». Asentí y tomé notas. Llevaba veinte años haciendo eso: escuchar a desconocidos describir la vida que querían y traducírsela en colores, texturas y metros cuadrados. Se me daba muy bien. Sabía adivinar lo que la gente deseaba incluso cuando no encontraba las palabras.

Mientras ella hablaba, se me ocurrió una pregunta absurda: qué contestaría yo si alguien me pidiera lo mismo. «Y tú, Elena, ¿qué quieres? ¿Cómo quieres que sea tu casa?». Me imaginé con el metro en la mano, abriendo la boca sin que saliera nada. No era falta de gusto. Era otra cosa. Era como abrir un cajón que siempre había creído lleno y encontrarlo vacío.

Medí la otra pared. Trescientos cuarenta y dos centímetros.

No le conté nada a Álvaro esa noche. No porque fuera un secreto, sino porque no sabía cómo contarlo. «Me ha llamado un profesor del instituto para darme una carta que escribí cuando tenía diecisiete años y no la recuerdo». Dicho así, sonaba a anécdota. Pero no era una anécdota. Era una alarma pequeña, de esas que suenan en otra habitación y no sabes si son tuyas.

Porque yo no recordaba haber escrito ninguna carta.

Recordaba la cápsula, eso sí. Un tubo de PVC gris, enorme, que el conserje había sellado con silicona mientras los de segundo de bachillerato aplaudíamos como si estuviéramos lanzando un cohete a Marte. Recordaba el sol de junio y el olor a césped recién cortado. Recordaba a Irene a mi lado con una camiseta de los Cranberries, diciendo que dentro de veinticinco años seguro que ya existirían los coches voladores.

Irene.

Cuando pensaba en ella, mi memoria hacía algo curioso. No se cerraba de golpe, como una puerta. Se volvía blanda, como un cristal empañado. Sabía cosas sobre Irene. Sabía que tenía el pelo rojizo, que se mordía las uñas, que era capaz de cantar una canción entera después de oírla una sola vez. Sabía que murió ahogada en el lago de Sanabria en agosto de 2001 y que yo estaba allí ese verano. Lo sabía igual que se sabe la fecha de una batalla: un dato, no un recuerdo.

Nunca hablaba de ello. Nadie me lo preguntaba. Mi madre se encargó, en su momento, de que nadie me lo preguntara.

—Estás muy callada —dijo Álvaro mientras cargaba el lavavajillas.

—Cansada —le dije—. La clienta de Ruzafa quiere algo nórdico pero con alma.

Se rio. Álvaro tiene una risa amable, sin aristas, una risa de hombre que nunca ha tenido que defenderse de nada. Nos conocimos cuando yo tenía veintitrés años, en una cena que organizó mi madre. Su madre y la mía jugaban juntas al pádel. Él era ingeniero de caminos, educado, guapo de una forma tranquila. Mi madre dijo «es perfecto para ti» y yo pensé que, si ella lo decía, sería verdad. Diecinueve años después de aquella cena seguía sin tener nada que reprocharle. Eso, que debería ser una buena noticia, a veces me parecía el problema.

Lo miré colocar los vasos en la bandeja de arriba, todos en la misma dirección, y pensé en la palabra que acababa de usar. Cansada. La usaba mucho. Era una palabra cómoda, que no obligaba a nadie a preguntar más. Servía para la tristeza, para el aburrimiento, para la rabia que no sabía dónde poner y para esa sensación sin nombre de estar viviendo en la casa de otra. Todo cabía dentro de cansada, igual que todo cabe en un armario si aprietas lo suficiente la puerta. Aquella noche, por primera vez, me pregunté qué saldría de allí si alguna vez me atrevía a abrirla.

El sábado llovió. Una de esas lluvias de otoño en Valencia que llegan sin avisar y lo inundan todo en diez minutos. Pensé que era una buena excusa para no ir. Me lo repetí mientras me vestía, mientras buscaba las llaves del coche y mientras aparcaba frente al Instituto Sorolla, que seguía igual de feo que en 2001, con sus ladrillos color hígado y sus ventanas de aluminio.

En el gimnasio había unas cuarenta personas. Reconocí a algunas enseguida y a otras tardé en reconocerlas. Todas tenían algo de disfraz: los mismos ojos de entonces dentro de caras que el tiempo había ido rellenando. Alguien había colgado una pancarta que decía «PROMOCIÓN 2001 · 25 AÑOS DESPUÉS» y había una mesa larga con botellas de agua, café en termos y magdalenas industriales.

—¡Elena Soler! —gritó una mujer de pelo corto y gafas rojas. Tardé un segundo de más en saber que era Nuria Climent, la delegada de clase—. ¡No has cambiado nada!

Era mentira, pero era una mentira bonita y se la agradecí.

Don Julián estaba junto a la canasta, apoyado en un bastón. Había encogido. Las gafas eran nuevas, pero la chaqueta de pana parecía la misma. Cuando me vio, se le iluminó la cara de una forma que me incomodó, porque era la forma en que se mira a alguien a quien se ha echado de menos.

—Has venido —dijo, y me tomó las manos entre las suyas, que eran secas y frías.

—Me lo puso difícil para decir que no.

—Es que tenía que darte esto en persona.

El tubo gris estaba abierto sobre una mesa. A su lado, dos alumnos actuales, con petos de voluntarios, iban sacando sobres amarillentos y leyendo los nombres en voz alta. La gente aplaudía, se reía y hacía fotos. Alguien había metido un disquete. Otro, un tamagotchi. Una chica, cuyo nombre no recuerdo, había guardado una entrada de un concierto de Estopa.

Cuando dijeron «Elena Soler Ferrer», no me moví. Fue don Julián quien recogió el sobre y me lo trajo.

Era un sobre normal, blanco, de los que se compran en paquetes de cincuenta. En el anverso, con letra redonda y apretada, ponía: Para Elena, dentro de 25 años. No la abras si eres feliz.

Lo miré durante mucho rato. Era mi letra. Era la letra con la que había hecho todos los exámenes del instituto, la letra de las felicitaciones de Navidad que escribía a mis abuelos paternos. Pero había algo en ella, en la presión del bolígrafo, en la forma en que se inclinaba hacia la derecha, como si tuviera prisa, que no reconocía.

—Don Julián —dije—, ¿por qué me dijo que fui la última en entregarla?

Él se quitó las gafas y las limpió con el pañuelo. Era un gesto que yo recordaba de clase. Lo hacía cuando necesitaba tiempo antes de responder una pregunta difícil.

—Porque la cápsula no se cerró en junio, Elena. Al conserje se le estropeó la silicona y lo dejamos para septiembre. Todos habíais entregado vuestras cartas antes del verano, tú también. Pero viniste el primer día del curso siguiente, aunque tú ya no eras alumna nuestra. Me buscaste en la sala de profesores y me pediste que guardara esta. Me dijiste que la que habías escrito en junio ya no servía.

Sentí que el suelo del gimnasio se inclinaba un poco.

—No me acuerdo.

—Lo sé —dijo, y me miró con una ternura que me resultó insoportable—. Fue pocas semanas después de lo de Irene. Estabas… muy delgada. Muy seria. Me hiciste prometer que no la leería nadie. Y te vi tan decidida que pensé que, si no la guardaba yo, la ibas a quemar.

—¿Y la que escribí en junio?

—Me pediste que te la devolviera. Te la llevaste. No sé qué hiciste con ella.

Alguien nos interrumpió para hacer una foto de grupo. Me coloqué en la segunda fila, sonreí cuando dijeron «patata» y sostuve el sobre contra el pecho como si fuera un documento oficial. En la foto, que Nuria Climent subió esa misma tarde al grupo de WhatsApp de la promoción, salgo con los ojos un poco más abiertos de lo normal. Parezco alguien que acaba de oír un ruido en mitad de la noche.

No abrí la carta en el gimnasio. Tampoco en el coche, aunque estuve veinte minutos sentada con el motor apagado, escuchando la lluvia sobre el techo. No la abras si eres feliz. Me reí sola, una risa corta y seca. Qué fácil lo ponía. Como si la felicidad fuera algo que se comprueba igual que la presión de los neumáticos.

Soy feliz, me dije. Tengo una hija sana, un marido que me quiere, un trabajo que me da dinero y prestigio y una casa con terraza en la calle Colón. Mi madre presume de mí en su residencia. Soy la clase de mujer a la que otras mujeres preguntan cómo lo hace.

Entonces, ¿por qué me temblaban las manos?

Intenté hacer una prueba. Me pregunté cuál era la última cosa que había hecho solo porque me apetecía, sin que nadie la necesitara, sin que sirviera para nada. Repasé la semana. Reuniones, presupuestos, la compra, la tutoría de Lucía, la visita a la residencia. Repasé el mes. Repasé el año. Encontré cosas que me habían salido bien, cosas de las que me sentía orgullosa, cosas que había hecho por los demás con verdadero cariño. Pero no encontré ninguna que fuera solo mía. Ni siquiera supe decir cuál era mi color favorito. Yo, que vivía de los colores.

Rasgué el sobre con el dedo índice, torpemente. Dentro había dos hojas de cuaderno, dobladas en cuatro, escritas por las dos caras. El papel tenía esa textura de las cosas que han pasado mucho tiempo a oscuras.

Valencia, 17 de septiembre de 2001

Elena:

Si estás leyendo esto, han pasado veinticinco años y tienes cuarenta y dos. No sé cómo eres. Eso es lo que más miedo me da. No sé si sigues pintando. Ella dice que eso no es una profesión, que es un entretenimiento para gente que no tiene que ganarse la vida. Puede que tenga razón. Puede que ya la tenga desde hace mucho y por eso estés leyendo esto en un despacho, con traje, sin pintura debajo de las uñas.

Quiero que sepas algunas cosas, por si se te han olvidado. Lo más seguro es que se te hayan olvidado, porque yo estoy haciendo todo lo posible para olvidarlas.

Te gustaba el color del lago a las nueve de la noche, cuando ya no es azul ni gris, sino de un color que no tiene nombre. Querías vivir en una casa con un embarcadero. Querías estudiar Bellas Artes en Barcelona. Querías a Marc. Lo querías tanto que a veces te daba vergüenza mirarlo delante de los demás.

Irene no está. Eso ya lo sabes. Lo que a lo mejor no sabes, o has decidido no saber, es que aquella noche no fue como la cuentan.

Voy a hacer lo que me han pedido. Voy a ser buena, voy a estudiar lo que toca y voy a dejar de pintar. Voy a convertirme en alguien que no da problemas. Me parece que es lo único que puedo hacer ahora para que esto no duela tanto. Pero tú no tienes que seguir pagando para siempre.

Si estás leyendo esto y vives una vida que no te gusta, es que ella ganó.

Vuelve a Sanabria. Busca a Marc. Él sabe lo que pasó de verdad.

Y perdóname. Yo no sabía hacerlo mejor.

Elena (la de antes)

Leí la carta tres veces. A la tercera, la lluvia había parado y el sol entraba en diagonal por el parabrisas, iluminando las partículas de polvo del salpicadero. Pensé, absurdamente, que tenía que limpiar el coche.

Saqué del bolso la libreta de las medidas y, debajo del trescientos cuarenta y dos, escribí mi nombre. Luego desdoblé otra vez la carta y puse las dos letras una junto a la otra. La de ahora era pequeña, recta, de trazo limpio: la letra de alguien que firma presupuestos y no quiere que haya dudas. La de entonces se inclinaba hacia delante, como si corriera detrás de algo. Las e eran las mismas. Las l también. Pero la mujer de la libreta escribía para que la entendieran, y la chica de la carta escribía porque, si no lo hacía, iba a reventar. Me pregunté en qué momento había dejado de correr. No supe contestar. Solo supe que no lo había decidido yo.

Después pensé en mi madre.

Ella dice que eso no es una profesión.

No había que ser muy lista para saber quién era «ella». Mi madre había repetido esa frase durante toda mi adolescencia, casi con las mismas palabras, mientras recogía mis lienzos del pasillo y los apilaba en el trastero para que «no cogieran polvo». Mi madre, que eligió mi carrera, mi primer trabajo, el piso de la calle Colón y al hombre que dormía a mi lado. Mi madre, que ahora vivía en una residencia de Godella y que a veces me llamaba por el nombre de su hermana muerta.

Es que ella ganó.

Doblé la carta con cuidado, siguiendo las marcas de hacía veinticinco años, y la guardé en la guantera, debajo del manual del coche, donde nadie mira nunca.

Arranqué. En el retrovisor vi a una mujer de cuarenta y dos años, con el pelo recogido, una blusa de seda color hueso y unos pendientes discretos de perla que le había regalado su marido por su aniversario. La miré un segundo de más, igual que había mirado a Nuria Climent en el gimnasio.

Tardé en reconocerla.

Aquel fue el día en que dejé de ser yo. O, para ser exactos, el día en que descubrí que hacía mucho tiempo que no lo era.

¿Quieres saber cómo sigue?

ÍndiceLo que vas a encontrar dentroVer el índice completo

Antes de empezar

Parte I · La carta

  1. 1La letra de una desconocida
  2. 2Una casa sin grietas
  3. 3Lo que mi madre no olvida
  4. 4Debajo del blanco
  5. 5Un hombre que vale su peso en oro
  6. 6La promesa de don Julián

Parte II · El lago

  1. 7Un pueblo que ya se ahogó una vez
  2. 8La versión de Marc
  3. 9El precio de una hija
  4. 10Julio, según Irene
  5. 11Agosto
  6. 12Lo que pasó en el agua
  7. 13¿Fue a buscarla?
  8. 14Amparo
  9. 15Cullera, 1967

Parte IIi · Lo que no se dijo

  1. 16El escritorio de persiana
  2. 17Treinta y una cartas
  3. 18Lo que Álvaro no eligió
  4. 19Pintar desde dentro
  5. 20Carmen, lúcida
  6. 21Lo que olvidamos para seguir viviendo
  7. 22Debajo del blanco, otra vez
  8. 23Dos madres
  9. 24El bordillo

Parte IV · Quién lo eligió

  1. 25La vigilia
  2. 26La carta de junio
  3. 27Septiembre de 2001
  4. 28Ella
  5. 29Lo que tú me pediste
  6. 30Despedidas
  7. 31La última tarde buena
  8. 32El color que no tiene nombre

Debajo del blanco · Treinta y dos ejercicios para recuperar tu propia voz

La edición en papel

Tapa, lomo y contraportada

Cubierta completa (portada, lomo y contraportada) de «La vida que alguien eligió por mí»

Tapa blanda · Tapa dura · Kindle

Ficha técnica

Autora
Miriam Vieco Muñoz
Colección
La vida por dentro · libro 1
Género
Novela psicológica
Idioma
Español
Formatos
Tapa blanda · Tapa dura · Kindle
Páginas
357
Tamaño
6 × 9 in (15,24 × 22,86 cm)
Papel
Blanco
Dónde comprarlo
Amazon

Preguntas frecuentes

Antes de empezar a leer

¿Es una novela o un libro de autoayuda?

Es una novela. Al final de cada capítulo hay una «Pausa para ti» con una pregunta, y el libro incluye «Debajo del blanco», un cuaderno con 32 ejercicios.

¿Tengo que hacer los ejercicios?

No. Puedes leerla como novela y volver al cuaderno cuando quieras.

¿Es una historia independiente?

Sí. Es el primer libro de La vida por dentro, y cada libro de la colección es una historia completa.

¿En qué formatos está?

En tapa blanda, tapa dura y Kindle, en Amazon.

¿Sirve para clubes de lectura?

Sí: las preguntas de cada pausa son un buen punto de partida para la conversación.

¿Está en inglés?

Sí, con el título «The Life Someone Else Chose for Me».

Miriam Vieco Muñoz

Sobre la autora

Miriam Vieco Muñoz vive en Valencia. Durante años trabajó de cara al público y aprendió a escuchar lo que cada persona dice, lo que calla y lo que esconde detrás de una sonrisa a tiempo. Hoy escribe novelas psicológicas que atrapan, emocionan y se quedan contigo.

Conoce a Miriam →

Portada de «La vida que alguien eligió por mí», de Miriam Vieco Muñoz

La vida que alguien eligió por mí

Empieza esta noche. Te costará dejarlo.

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