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Portada de «Lo que el agua guarda», de Miriam Vieco Muñoz

Mentes oscuras · Libro 1

Lo que el agua guarda

Hay veranos que la memoria no devuelve

  • SerieThriller psicológico · Memoria, culpa y secretos familiares
  • FormatosTapa blanda · Kindle
  • Páginas268

Also available in English: What the Water Keeps

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A veces, lo que más ahoga no está bajo el agua… sino dentro de la memoria.

Para quién es

Este libro es para ti si…

  • Te gustan los thrillers psicológicos en los que la amenaza está tanto fuera como dentro de la cabeza.
  • Disfrutas con narradoras que no pueden fiarse de su propia memoria.
  • Buscas una historia que se lea de una sentada, con un final que obliga a releer.
  • Te interesan los secretos familiares, la culpa y lo que la mente hace para protegernos.

Sinopsis

Algunos veranos terminan. Otros se quedan hundidos para siempre. Pero el agua nunca olvida lo que se llevó.

Cuando vuelve a Benimar, el pueblo donde pasó aquel verano, nada parece haber cambiado: el puente de hierro sigue en pie, el río baja verde y el Gorg Blau guarda el mismo silencio. Pero su memoria no vuelve con la misma claridad. Hay huecos. Nombres que se deshacen. Recuerdos que aparecen como fragmentos mojados de una verdad que alguien quiso borrar.

En este thriller psicológico, Miriam Vieco Muñoz construye una historia inquietante sobre memoria, culpa y secretos familiares, donde cada recuerdo acerca una respuesta… y también una nueva amenaza. Porque a veces lo más peligroso no es lo que ocurrió aquel verano, sino aquello que la mente hizo para poder seguir viviendo.

Primer libro de la colección Mentes oscuras: thrillers donde la mente esconde el verdadero horror.

Lee gratis el comienzo

Lo que el agua guarda

Unos 12 minutos de lectura

Prólogo

La tila

«El cuerpo recuerda lo que la mente se niega a guardar»

Lo último que recuerdo es el olor a tila.

Y una mano apartándome el pelo de la cara, despacio, como se hace con los niños dormidos.

Eso es todo. Lo he repasado tantas veces que ya no sé si es un recuerdo o el recuerdo de un recuerdo, una copia de una copia, cada vez más pálida. Pero el olor sigue ahí. Dulce, a flor seca y a miel, a casa de abuela, a noche de fiebre. Un olor que dice: tranquila, ya pasó, duérmete.

Y la mano. Unos dedos que me rozan la frente y me recogen un mechón detrás de la oreja. Sin prisa. Con un cuidado que da vergüenza contar. Me acuerdo de pensar que nadie me tocaba así desde que era pequeña. Me acuerdo de que quise decir algo y la lengua me pesaba como una piedra mojada.

Me acuerdo —o eso creo— de que la mano no se iba. De que seguía allí mucho después de que yo ya no pudiera abrir los ojos. Una vez y otra. El mismo mechón. Como quien acaricia a un animal para que no se mueva.

Después, nada.

No oscuridad. La oscuridad es algo. Esto es un hueco. Un trozo de película que alguien ha cortado y ha vuelto a pegar mal.

Dentro del hueco solo hay agua.

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No sé de dónde sale. No la veo. La oigo. Una gota. Otra. Una gota que cae siempre en el mismo sitio, con la paciencia de algo que no tiene prisa porque sabe que va a ganar. Y la siento: un frío que empieza en los tobillos y sube. Un verde sin forma. Un silencio de cosa hundida, como cuando, de niña, metes la cabeza en la bañera.

Hay una voz. Muy cerca. Tan cerca que noto el aliento en la oreja, caliente, húmedo. No entiendo lo que dice. Solo entiendo que me pide algo. Que espera que yo lo haga. Y que yo, en algún sitio donde ya no soy del todo yo, obedezco.

Y hay otra voz, más lejos, debajo del agua o detrás de los años, que se ríe. Una risa de niña.

Y luego deja de reírse.

Tengo frío. Tengo mucho frío.

Hay más cosas en el hueco, pero no son cosas. Son restos. Lo que deja la marea en la arena cuando se retira.

Un peso en el codo, firme, que me lleva. Luces naranjas que me pasan por encima de los párpados cerrados, una, otra, otra, con el ritmo de las farolas. Un motor. Un cristal frío contra la sien. Y un olor que no es de mi casa: sal, algas, puerto de noche. No puede ser. Yo no he salido. Yo estaba en la cama con la tila y el libro.

Y mis manos. Eso es lo que más vuelve. No lo que ven, porque no ven nada. Lo que notan. Algo tibio que se enfría. Algo que resbala. Unos dedos que me cierran los míos alrededor de una cosa, despacio, uno por uno, como se le enseña a un niño a coger el lápiz.

No sé si eso pasó. No sé si me lo he inventado después, de tanto mirarme las manos. Las manos no pueden contestar, y yo, que vivo de ellas, ya no sé preguntarles.

Me han dicho que la memoria no es un archivo, que es un río. Que cada vez que vuelves a un recuerdo lo cambias un poco, como el agua cambia una piedra. Que se puede meter en la cabeza de alguien algo que nunca pasó, y que esa persona lo recordará con más fuerza que lo que sí pasó.

Yo no sé qué me han metido. No sé qué he sacado.

Yo no quiero volver a este.

Pero vuelvo. Siempre vuelvo. Al olor, a la mano, al agua. Como vuelve la lengua al hueco de un diente que ya no está.

Lo siguiente que recuerdo es la sangre.

Capítulo 1

06:12

«Despertar no siempre es volver. A veces es llegar a un lugar donde ya estuvimos sin nosotros»

Me despierta el frío del esmalte contra la nuca.

Y una gota.

Cae junto a mi tobillo, en el desagüe. Espero. Cae otra.

Abro los ojos y el techo del baño está demasiado lejos y torcido. La mancha de humedad de la esquina, con forma de mapa. Es mi baño. Estoy en mi bañera.

Vacía.

Y vestida.

Llevo los vaqueros. Llevo la chaqueta verde, la de los botones de asta, abrochada hasta arriba. Las zapatillas puestas. El tapón cuelga seco de su cadenita. Me he metido aquí sola, o alguien me ha dejado aquí, y no sé cuál de las dos cosas me da más miedo.

La boca me sabe a metal. Tengo la cabeza rellena de algodón mojado. Y huele a coco.

A crema de sol. Dulzón, grasiento, a verano de otra gente. En octubre, en mi baño, donde no hay más que jabón y el champú de fresa de Vera. El estómago se me da la vuelta sin aviso. Me inclino sobre el borde con una arcada seca que no saca nada.

No sé por qué. Es solo un olor.

Me incorporo agarrándome al filo. Y entonces veo mis manos.

Las uñas tienen un ribete oscuro. Marrón, casi negro, metido debajo, en la carne. Trabajo con pigmentos desde hace quince años. Esto no es pintura.

Abro la mano derecha. Un corte me cruza la palma en diagonal, limpio, de unos cuatro centímetros. Ya no sangra. Los bordes están cerrados con una costra fina, brillante. Cuando cierro el puño, tira.

No me duele. Eso es lo peor. Que no me duela.

Me acerco las uñas a los ojos y las miro como miro una tabla. El ribete no es uniforme. Es más grueso en el índice y en el corazón, y se mete por los lados, en la piel, como se mete el barniz viejo en las grietas de la madera. Se ha secado cuarteado. Tiene ese brillo mate, de cosa orgánica, que no da ningún pigmento que yo conozca.

Lo sé desde el primer segundo. Pero la cabeza, por costumbre, busca nombres de colores: sombra tostada, tierra de Siena, pardo de momia. El pardo de momia se fabricaba de verdad con momias molidas. Nos lo contó un profesor en primero de carrera, y nos reímos todos.

Ahora no me río.

Salgo de la bañera con las piernas de otra persona. Al pisar la alfombrilla oigo un crujido. Arena. Me quito una zapatilla y la vuelco sobre el lavabo: cae un hilo fino, gris claro, con un brillo de concha rota. Arena de playa.

No he ido a la playa. Es octubre. No he ido a ninguna parte.

En el suelo, junto al váter, están las llaves del coche. El llavero de la mariquita que me hizo Vera en clase de plástica, con sus siete puntos de rotulador, boca arriba sobre las baldosas.

Miro el móvil. Lo tengo en el bolsillo trasero del vaquero y no recuerdo haberlo metido ahí.

Las 06:12.

*

*

*

Lo último que tengo es la cocina. Héctor con la cazadora puesta, las llaves en la mano, besándome en la sien. «Te he dejado la tila en la mesilla, no te la dejes enfriar». Los sábados de guardia siempre lo hace. Dos cucharadas de miel, porque dice que yo tengo la vida demasiado amarga para tomarla sola. Me acuerdo del vapor. Me acuerdo de la taza azul. Me acuerdo de sentarme en la cama con el libro.

Y luego, esto.

Entre la taza azul y el esmalte hay ocho horas. Las busco como se busca un escalón a oscuras con el pie. Nada. Ni un sueño. Ni la sensación de haber soñado. Cuando una duerme, aunque no recuerde nada, se despierta con el cuerpo cansado de haber estado en algún sitio. Yo me despierto como me desperté a los veinte años, cuando me sacaron las muelas del juicio: con un trozo de tiempo arrancado limpio, sin bordes, y alguien diciéndome que todo había ido bien.

Aquí no hay nadie que me lo diga.

Salgo al pasillo con una zapatilla en la mano, como una idiota. Al fondo, junto a la puerta de Vera, hay una niña.

Quieta. Descalza. Con un bañador rojo y el flequillo pegado a la frente, chorreando. El agua le resbala por los brazos y cae al suelo sin hacer ruido.

Parpadeo.

No hay nadie. El perchero. El chubasquero rojo de Vera colgado de su gancho, con la capucha caída. La luz del patio, que entra de lado y lo dibuja todo un poco mal.

Es el chubasquero. Claro que es el chubasquero. Tengo la cabeza llena de algodón y he visto un chubasquero.

Avanzo pegada a la pared. A mitad de pasillo piso algo frío con el calcetín. Una gota. No miro.

La puerta del cuarto de Vera está entornada. La empujo con dos dedos. La lamparita de la luna proyecta su luz de leche sobre las estrellas fosforescentes del techo. Vera duerme boca abajo, con un pie fuera del edredón y el conejo de trapo aplastado bajo la mejilla.

En la pared, sus dibujos, sujetos con celo: una ballena con sombrero, nosotros tres en el Bioparc con una jirafa más alta que el edificio. La mochila del cole colgada del pomo del armario. Huele a ella: a sueño, a fresa, a calcetín. Quiero entrar y tumbarme a su lado, meter la nariz en su nuca y no salir nunca. No me muevo del marco. No con estas manos.

Me fijo en el suelo, junto a su cama. Si hubiera una gota, una sola, la vería brillar con la luz de la luna.

No la hay. Me lo repito dos veces.

Me apoyo en el marco. Respiro con ella. Una, dos,

el agua sale tan caliente que me quema los nudillos. Estoy en la cocina. Estoy frotándome las manos bajo el grifo con el cepillo de las verduras, y no sé cuándo he venido. El reloj del horno marca las 06:24. Froto. Jabón de lavavajillas. Froto las uñas, la palma, el corte, que se abre un poco y vuelve a sangrar, rosa claro, diluido. El agua del fregadero se tiñe y gira y se va por el desagüe, y yo froto más fuerte, con las uñas de una mano metidas bajo las uñas de la otra.

Y de repente paro.

Me quedo con las manos chorreando sobre el fregadero, mirando

cómo el último hilo rosado se desliza hacia el agujero.

¿Qué estoy haciendo?

Lo sé. Estoy limpiando. Estoy borrando. Estoy haciendo exactamente lo que haría alguien que tiene algo que borrar. Y lo estaba haciendo bien. Con método. Sin pensar. Mis manos sabían qué hacer antes de que yo supiera que había algo que hacer.

Cierro el grifo. El silencio de la cocina se llena del zumbido de la nevera. Y, al fondo del pasillo, del goteo de la bañera.

Me seco con el trapo. En la encimera, junto a la tabla de cortar, está el taco de madera de los cuchillos. Cinco ranuras. No lo miro. Lo miro. Desde aquí no se ve si falta alguno, y no me acerco a contarlos. No quiero tener ese número dentro de la cabeza el resto de mi vida. La ventana de la cocina da al patio de luces. Ahí abajo todavía es de noche: un pozo gris, las ventanas de los vecinos cerradas, la ropa tendida del segundo, las tapas verdes de los contenedores. Ni una luz. Nadie me ha visto llegar. O el edificio entero me ha visto llegar y ahora está detrás de sus persianas, despierto, pensando lo mismo que yo.

Me aparto del cristal. Tengo la sensación, absurda, de que alguien me mira desde el patio. De que alguien me ha mirado toda la noche. *

*

*

Desbloqueo el móvil. Las manos me tiemblan tanto que me equivoco dos veces con el código.

No hay llamadas perdidas. Lo último del registro: una llamada mía a mi padre el jueves.

Abro los mensajes.

El primero de la lista es una conversación con Silvia. Silvia Roig. La empezó ella en septiembre, desde un número que no sé de dónde sacó, después de veintiséis años sin saber nada la una de la otra: mensajes largos suyos, respuestas cortas mías, cada vez más espaciadas, hasta que dejé de contestar. La última vez que la vi estaba en el felpudo de mi casa, oliendo a ginebra, con el rímel corrido, y yo le cerré la puerta con más alivio que pena.

Debajo de su nombre hay un mensaje enviado. Por mí.

02:14.

Esta noche se acaba todo.

Lo leo hasta que las letras se convierten en dibujos. Es mi número. Es el doble check azul que dice que ella lo ha visto.

Yo no he escrito eso.

Yo no hablo así. Como una novela barata.

Pero ahí está. Con mi nombre arriba. Y la hora: las dos y catorce de la madrugada, cuando yo estaba —¿dónde estaba yo?—.

No sé de quién es esta sangre. No sé de dónde viene esta arena. No sé por qué he dormido en la bañera como una niña castigada. Tengo una sensación extraña, que me sube desde el estómago y no tiene ningún sentido: que esto ya me ha pasado. Que conozco este frío. Que conozco este olor.

Y otra, peor, que no me atrevo a mirar de frente: que no me sorprende del todo. Que algo en mí, muy al fondo, lleva años esperando despertarse así.

La aparto. No tengo tiempo para eso.

Debajo de Silvia, en la lista, está Héctor. 22:31. ¿Ya duermes? Aquí tranquilo de momento. Que descanses, amor.

Doble check azul. Lo he leído.

A las diez y media yo ya tenía la tila dentro y el libro abierto. Puede que lo leyera. Puede que lo leyera con los ojos medio cerrados y le diera la vuelta al móvil sobre la colcha. No me acuerdo. No le contesté. Es la última cosa normal de la noche y tampoco es mía.

Me enrollo un trapo de cocina en la mano como una venda. Héctor tiene guardia hasta las ocho.

*

*

*

Marco el número de Silvia.

Un tono. Dos. Tres. Siete. Salta el buzón: una voz grabada, alegre, con deje de pueblo, que no se parece en nada a la de la mujer que lloraba en mi rellano. «Soy Silvia, ahora no puedo, ya sabes lo que tienes que hacer».

Ya sabes lo que tienes que hacer.

Cuelgo. ¿Qué le iba a decir? ¿Que si te he hecho algo?

Vuelvo a llamar. Buzón.

Me siento con el móvil en el regazo y la arena todavía metida en el calcetín. Fuera, el patio de luces empieza a ponerse gris. Una tubería suena dentro de la pared. En el baño, la gota. La gota. La gota. Las 06:31.

Cierro los ojos un segundo y viene algo. No es una imagen: es una temperatura. Sol en los hombros. Piedra caliente debajo de los muslos. Una voz de niña que se ríe muy cerca y otra que dice mi nombre de una manera que ya no usa nadie. Abro los ojos. La cocina. La nevera. Ha durado menos que un parpadeo y me ha dejado la boca seca y el corazón disparado, como cuando una se despierta creyendo que se cae.

No sé de dónde ha salido. No tengo ningún verano así guardado. O no sé dónde lo tengo, que no es lo mismo.

Pienso en llamar a Héctor. Amor, me he despertado en la bañera con sangre en las uñas y le he mandado un mensaje a Silvia que no recuerdo. Lo oigo en mi cabeza y suena a locura. Suena a una mujer a la que hay que quitarle las llaves del coche.

Y quizá lo sea. Esa es la pregunta que no me dejo hacer y que se hace sola. Si una amiga me contara esto, sentada en esta misma cocina, ¿qué pensaría yo? Pensaría que miente. O que está enferma y no lo sabe. No pensaría ni un segundo que no ha hecho nada.

Me miro las manos encima del trapo. Quince años de pulso fino, de bisturí del número quince, de levantar una escama de pintura del tamaño de una lenteja sin romperla. Las conozco mejor que mi cara. Esta noche han hecho algo sin mí, y lo han hecho con la misma precisión con la que trabajan. Eso es lo que no me cabe en la cabeza: que no estaban torpes. Que estaban tranquilas.

Entonces el móvil vibra en mi regazo.

Doy un respingo. Miro la pantalla.

Silvia.

El alivio me atraviesa como una corriente. Está bien. Me llama. Está enfadada, está borracha, me va a gritar, me da igual, que me grite. Deslizo el dedo.

—Silvia, Dios mío, ¿estás bien? Perdona, no sé qué ha…

No me deja terminar. No es ella.

Es una voz de hombre, grave, tranquila, con el ruido de fondo de una habitación llena de gente y una radio que chisporrotea.

—Policía Nacional. ¿Quién es usted?

¿Quieres saber cómo sigue?

ÍndiceLo que vas a encontrar dentroVer el índice completo

Prólogo · La tila

Primera parte · La mancha

  1. 106:12
  2. 2Las ocho y veinte
  3. 3Zapadores
  4. 4Marta
  5. 5Arrepentimiento
  6. 6El doctor Roca
  7. 7Él
  8. 8Benimar
  9. 9Raúl
  10. 10Tres veces

Segunda parte · Las capas

  1. 11Premeditación
  2. 12Fragmentos
  3. 13Hache
  4. 14La última tila
  5. 15Él
  6. 16Once puertas
  7. 171999
  8. 18La niña del bañador rojo

Tercera parte · El agua

  1. 19Tita
  2. 20Cena
  3. 21Él
  4. 22El trastero
  5. 23Ven sola
  6. 24Carretera
  7. 25La Penya del Corb
  8. 26El agua
  9. 27Lo que le debo a Marta

Epílogo · Arrepentimiento

La edición en papel

Tapa, lomo y contraportada

Cubierta completa (portada, lomo y contraportada) de «Lo que el agua guarda»

Tapa blanda · Kindle

Ficha técnica

Autora
Miriam Vieco Muñoz
Colección
Mentes oscuras · libro 1
Género
Thriller psicológico
Idioma
Español
Formatos
Tapa blanda · Kindle
Páginas
268
Tamaño
6 × 9 in (15,24 × 22,86 cm)
Papel
Crema
Dónde comprarlo
Amazon

Preguntas frecuentes

Antes de empezar a leer

¿Es una novela independiente?

Sí. Es el primer libro de Mentes oscuras, pero se lee sola: cada libro de la colección es una historia completa.

¿Qué tipo de libro es?

Un thriller psicológico de tensión creciente. No es terror sobrenatural: aquí el horror nace de la mente.

¿Puedo leer el principio antes de comprarlo?

Sí. Tienes el prólogo y el capítulo 1 gratis en esta misma página.

¿En qué formatos está?

En tapa blanda y en Kindle, en Amazon.

¿Está en inglés?

Sí, con el título «What the Water Keeps».

Miriam Vieco Muñoz

Sobre la autora

Miriam Vieco Muñoz vive en Valencia. Durante años trabajó de cara al público y aprendió a escuchar lo que cada persona dice, lo que calla y lo que esconde detrás de una sonrisa a tiempo. Hoy escribe novelas psicológicas que atrapan, emocionan y se quedan contigo.

Conoce a Miriam →

Portada de «Lo que el agua guarda», de Miriam Vieco Muñoz

Lo que el agua guarda

Empieza esta noche. Te costará dejarlo.

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